Tres metros bajo tierra...
Intermitentes encuentros en el cosmos; girando incontrolablemente, sintiendo emociones lanzadas al infinito como meteoros proyectados a la velocidad de la luz. Big bang de instantes sostenidos por un abismo que parece infranqueable, como si la luz muriera en fracción de segundos detrás de un satélite que sigue su órbita y se pierde difuminándose en medio del universo.
Una entrega que se vuelve ciega, sensaciones que van más allá de una simple interpretación, de una simple y vacía cadena de sucesos, como dibujar algo maravilloso y borrarlo después para comenzar de nuevo, creando castillos en el aire, donde la princesa y el caballero renacen en cada intento de salvación.
Constelaciones privadas de almas perdidas, gritos inaudibles, sordas ecuaciones lúdicas ascendentes, extraviadas en lo inmenso de la nada, silencios rotos por el sonido mudo de las estrellas que de alguna manera intervienen en la fórmula matemática de las galaxias.
Eterna paradoja de un choque, de un tesoro escondido y protegido por una extraña maldición que acecha a los expedicionarios, inmaculado estremecimiento que se nubla por la razón, por el pensamiento, por la vana idea de un sentido que no deja de entender que el azar no existe, que el destino juega a hacer y deshacer.
Rosario de polvo cósmico, de explosiones, de implosiones, de mil siglos de orden, roto por seres extraños; generalmente, inteligentes, sombríos, eternos, lacónicos, angustiados. Que no dejan al universo funcionar.
Ignis Fatuus
Un alucine del Diablo Guardián 14/10/09 a las 8:27 p. m.
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