No tengo a donde ir

La terquedad de extender la mano a ninguna parte, de cruzar legiones en guerra si un rasguño, de pedir una limosna en medio de la opulencia.

Fragmentar las noche y los días, perder el pensamiento minuto a minuto, dejando que la conciencia haga de las suyas, buscando respuestas en castillos de viento, en puertos sin mar, diluyendo la vida en otras vidas, hurgando entre agujas para encontrar una paja, sembrar palabras en tierra estéril y saber que nunca se habrán de cosechar.

Terco como un loco que busca la razón, una razón que ha huido tras luciérnagas que al amanecer dejarán de brillar y no sabrá como regresar por que perdió el camino, loco afán de cordura, de entregas, de intercambios, de vidas, de muertes, de todo aquello que se desconoce y que sin embargo se ansía.

Probar todos los venenos de una sola vez y conservar de ellos solo la quintaesencia, lanzarse al huracán más furioso solo para ver sus entrañas y observar un instante el ojo calmo que habita en el centro; dejar todo, largarse a un viaje sin retorno en búsqueda de una ciudad perdida y perderse en la inmensa selva con la certeza de que existe.

La terquedad de seguir escribiendo, buscando una luz en medio de la más oscura noche, ciego de polo a polo, ajeno al mundo que se ha construido, lejano como un mito en las páginas de un libro que no se ha escrito.

No hay luz, hace frío, solo hay silencio, fantasmas cruzan la habitación, el pensamiento huye y tercamente solo estoy yo, solo yo y mi terquedad.